Me cuenta un amigo que de las “amenities” que se encuentra en las habitaciones de los hoteles solo suele llevarse –si hay– el bolígrafo. Ni jaboncillos ni similares, pero sí el bolígrafo aunque sea de los baratos y con propaganda del hotel. Dice que ocupa poco espacio y que siempre va bien tener uno a mano.

Me explica que en su casa los bolígrafos se colocan en un bote –mejor dicho, en dos botes– que están llenos de modelos de todos los tipos y colores, y también de algún lápiz (incluso algún lápiz de color, seguramente de la época en que sus hijos eran pequeños). Dice que da la sensación de que por bolígrafos no será, que si tienes que anotar alguna cosa coges uno y asunto resuelto. Claro que puede ser que ese uno no escriba, pero hay tantos, que alguno escribirá.

Pues no. Me confiesa que la abundancia no es la que parece, que lo habitual es que el bolígrafo elegido no escriba (seguramente porque lleva mucho tiempo sin usarse) y que el segundo tampoco, que del tercero no funcione el mecanismo de sacar y meter la punta, y el cuarto no se atreva a tocarlo porque se le está empezando a salir la tinta. Entones piensa en coger un lápiz, que nunca falla, pero… eso es, tiene la punta rota.

Esto lo cuento porque creo que con los datos pasa igual. Sabemos que son muy útiles y que en cualquier momento los podemos necesitar. Por eso nos gusta recopilarlos, guardarlos (a veces, amontonarlos) “por si hacen falta”. ¿Quién no ha lamentado alguna vez no tener unos datos que le hubieran ido muy bien para analizar un problema o para tomar una decisión?

Y llegamos a tener muchos, pero a diferencia de los bolígrafos que (casi siempre) sabemos dónde están, los datos pueden quedar escondidos en hojas de cálculo o en directorios olvidados. Y lo peor es que con mucha frecuencia si los encontramos no sirven. Porque están anticuados, porque ahora el contexto es otro, porque no sabemos en qué condiciones se tomaron ni el interés que puso el que los tomó, porque no estamos seguros de que sean correctos, porque no nos queremos arriesgar a tomar una decisión basándonos en esos datos que son discutibles. Tampoco hay que ser muy pesimista, a veces sí encontramos los datos que nos interesa, aunque a base de rebuscar entre otros muchos que no sirven y, por tanto, dedicando más tiempo de que sería necesario.

Con los datos en mejor tener –y cuidar– los que sabemos que vamos a necesitar y quizá algún otro, pero pocos. Datos que cuando los necesitemos nos serán útiles, porque sabremos que se han tomado con interés y que reflejan aquello que se suponen que deben reflejar.

Solo los necesarios. Y tenerlos a mano, cuidarlos, y saber que funcionan. Como los bolígrafos.

Pere Grima

Datancia Co-founder

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